sábado, 7 de mayo de 2011

La moderna vida líquida

Hermes Castañeda Caudana
Una gota de sangre en MTV, un cadáver conectado a Internet, Mona Lisa llorando en el jardín, un licor de cianuro, muera el futuro, pasado mañana es ayer… A finales de la última década del siglo XX se escuchaban voces como la del argentino Fito Páez, que indicaban el advenimiento de una mirada crítica, invitándonos a reflexionar sobre lo que estábamos viviendo, en medio de una modernidad con lastres históricos, que hasta el día de hoy, deriva en consideraciones como la que hace Parrini al responder a la pregunta ¿Alguien sabe quiénes somos? Tal vez no, contesta, “quizá nadie sabe quiénes somos ni quiénes seremos…Si le preguntamos al sexo, hoy tiene poco que decirnos. Si corremos detrás de las identidades encontraremos certezas que se derrumban. El cuerpo dirá poco, porque nunca se le ha preguntado nada. En algunos sentidos la pregunta nos remite a una respuesta imposible, siempre desplazada.” Por tanto, las subjetividades en el mundo contemporáneo, transitan por caminos no recorridos antes, en un contexto cuyo devenir avanza a ritmos que nos hacen exclamar, como afirma Ernesto Sabato en La resistencia, ¡lo peor es el vértigo!, porque en el vértigo las certezas se escapan y las instituciones que aseguraban que nuestros abuelos y abuelas pudiesen vislumbrar su porvenir sobre bases firmes, hoy, simplemente, se derriten, dado que, como explica brillantemente Zygmunt Bauman, las formas sociales (las estructuras que limitan las elecciones individuales, las instituciones que salvaguardan la continuidad de los hábitos, así como, los modelos de comportamiento aceptables), ya no pueden, como tampoco se espera que lo hagan, mantener su forma por más tiempo.
     Ello, vuelve improbable que en el mundo contemporáneo, al menos en la parte “desarrollada” del planeta, una persona pueda proyectar su vida en la juventud y existir en consecuencia de sus planes tempranos, de ahí en adelante. Hoy, las historias que hablan de quienes estudiaban una carrera que avalaba un desempeño profesional para toda la vida, del negocio familiar que aseguraba el sustento por generaciones, así como, de los amores eternos, cobijados por la institución familiar, se asocian con relatos de antaño que provocan añoranza y se escuchan esas noches en que quizá, por un corte a la energía eléctrica, algunos miembros de la familia se agrupan en torno a los abuelos, alejados momentáneamente de la televisión y del Internet, interrumpidos acaso por las canciones de moda, empleadas como timbres de los teléfonos celulares, porque a diferencia de ayer, según dicen quienes se ufanan al defender que “todo tiempo pasado fue mejor”, hoy, “nada es perfecto”.
     Lo cierto es que, como se aprecia de forma impresionante en la obra de Jonathan Agüero, artista plástico guerrerense, titulada “Naufragio” (ad hoc con el tema que abordamos),  igual que las temerosas ratas que muestra la pintura se afanan por sobrevivir ante la contingencia de una inclemente inundación, más que nunca, las personas precisamos recuperar el pensamiento, hoy colapsado, de la planificación y la acción a largo plazo; en una vida moderna líquida donde las formas sociales antes referidas, se descomponen y se derriten antes de que se cuente con el tiempo necesario para asumirlas, en el presente, cuando no hemos tenido siquiera tiempo de tantear si hacemos pie, antes de lanzarnos a un río que, sobre todo hoy, como proclamaba Heráclito, no es el mismo. Tal vez, regresando a Sabato, podremos plantear una aspiración inédita y afirmar: “nos salvaremos por los afectos”, que quizá puedan ser los motores genuinos de lo que hacemos y quiénes somos, entonces, al volver la mirada al otro y aprehenderle en su diferencia, sólo entonces, contrario a lo que dice Fito Páez en aquella misma canción con que iniciamos esta charla, la soledad… no sea más la ecuación de la vida moderna.

"Naufragio" de Jonathan Agüero Dirzo. Colección particular: La Casa del Cirián.