Hermes Castañeda Caudana
En la estupenda novela “Nosotros” de Richard Mason, Julián, un joven estudiante de la Universidad de Oxford de finales de la década de 1980, identifica en las interacciones habituales con sus compañeros, lo que Hobbes –de quien ha sido atento lector– define como “un perpetuo e incesante afán de poder que cesa solamente con la muerte”. Ejercer dicho poder, precisa de una clase de autoridad que no todos tenemos, que quizá no deseamos o que no somos capaces de obtener. En este juego, se cuenta con una de tres opciones para participar: se es tirano, víctima o testigo. Curiosamente, esto no parece haber cambiado mucho desde el siglo XVII hasta hoy. ¿Escalofriante? Sí. Y también un hecho que podemos reconocer en el devenir de las organizaciones modernas a las que pertenecemos, incluidas las instituciones educativas.
Hace algunos días, en una conversación entre colegas docentes, recordábamos viejos incidentes acontecidos en las escuelas donde hemos estudiado o trabajado. Todos ellos, vinculados a lo que Hobbes llama “la inclinación general de la humanidad entera”: el poder y su alarde. En cada uno de aquellos sucesos, una persona increpa a otra ante testigos que hacen las veces de público y, el increpado, asume a cabalidad su rol de víctima. Al respecto sucede que, a veces, la aparente mansedumbre del agredido no es sino la forma que toma el miedo a las repercusiones que tendría el defenderse, cuando se ocupa un lugar inferior en la escala jerárquica, que el agresor. En otras ocasiones, se manifiesta condescendencia hacia el tirano, lo que demuestra un mayor desarrollo moral en la víctima, que tampoco suele librarla del ataque. De una u otra manera, sin embargo, se completa a la perfección el cuadro descrito por el padre de la filosofía política moderna.
Pero, ¿por qué alguien prefiere reservar sus reclamos o señalamientos sobre lo que lo contrarió en otro momento, justamente hasta ese instante en que varios pares de ojos y oídos presencian lo que podría haber sido una charla, exclusivamente entre las partes aludidas e interesadas? La respuesta se dio hace varios siglos… y continúa vigente.
Este deseo de exhibición de reclamos y amonestaciones, obedece a que las ansias de poder vienen acompañadas de ansias de publicidad proporcionales a las primeras. Tal vez, haría falta que alguien desafiara el papel que las circunstancias le adjudican, para romper con esa infame tríada –tirano / víctima / testigo– que invariablemente atenta contra la dignidad humana, porque trastoca otras formas posibles de convivencia, regidas por la ética. O acaso, ¿no es mayor el valor intrínseco de los seres humanos, que el hambre de poder y la confirmación de éste, por parte de algunos?
Lo cierto, es que ninguna persona, en cualquier circunstancia en que se halle, tiene por qué contribuir a perpetuar el abuso, sirviendo permanentemente para la confirmación de la fuerza de sujetos mezquinos, dentro de una organización. Quizá será suficiente que la víctima se niegue a serlo, el testigo renuncie a su pasividad hacia la humillación ajena y, con esto, el tirano aprenda que también la sabiduría popular ha recogido en sus sentencias, lo que sucede cuando el hartazgo y la defensa de sí, prevalecen sobre el repliegue de uno mismo.
Algún día las víctimas decidirán no serlo más. Los testigos actuarán con mayor integridad y menos indiferencia. Y no será solamente una voz la que, sumisamente, sea escuchada por los otros. Entonces, se confirmará que también –como Hobbes–, las abuelas debieron ser filósofas y politólogas porque a todos, de niños, ellas enseñaron que, contrarrestando a las perversas marañas de poder instituidas en cualquier organización –incluidas las escuelas donde usted y yo trabajamos–, “el valiente vive hasta que el cobarde quiere”.
En la estupenda novela “Nosotros” de Richard Mason, Julián, un joven estudiante de la Universidad de Oxford de finales de la década de 1980, identifica en las interacciones habituales con sus compañeros, lo que Hobbes –de quien ha sido atento lector– define como “un perpetuo e incesante afán de poder que cesa solamente con la muerte”. Ejercer dicho poder, precisa de una clase de autoridad que no todos tenemos, que quizá no deseamos o que no somos capaces de obtener. En este juego, se cuenta con una de tres opciones para participar: se es tirano, víctima o testigo. Curiosamente, esto no parece haber cambiado mucho desde el siglo XVII hasta hoy. ¿Escalofriante? Sí. Y también un hecho que podemos reconocer en el devenir de las organizaciones modernas a las que pertenecemos, incluidas las instituciones educativas.
Hace algunos días, en una conversación entre colegas docentes, recordábamos viejos incidentes acontecidos en las escuelas donde hemos estudiado o trabajado. Todos ellos, vinculados a lo que Hobbes llama “la inclinación general de la humanidad entera”: el poder y su alarde. En cada uno de aquellos sucesos, una persona increpa a otra ante testigos que hacen las veces de público y, el increpado, asume a cabalidad su rol de víctima. Al respecto sucede que, a veces, la aparente mansedumbre del agredido no es sino la forma que toma el miedo a las repercusiones que tendría el defenderse, cuando se ocupa un lugar inferior en la escala jerárquica, que el agresor. En otras ocasiones, se manifiesta condescendencia hacia el tirano, lo que demuestra un mayor desarrollo moral en la víctima, que tampoco suele librarla del ataque. De una u otra manera, sin embargo, se completa a la perfección el cuadro descrito por el padre de la filosofía política moderna.
Pero, ¿por qué alguien prefiere reservar sus reclamos o señalamientos sobre lo que lo contrarió en otro momento, justamente hasta ese instante en que varios pares de ojos y oídos presencian lo que podría haber sido una charla, exclusivamente entre las partes aludidas e interesadas? La respuesta se dio hace varios siglos… y continúa vigente.
Este deseo de exhibición de reclamos y amonestaciones, obedece a que las ansias de poder vienen acompañadas de ansias de publicidad proporcionales a las primeras. Tal vez, haría falta que alguien desafiara el papel que las circunstancias le adjudican, para romper con esa infame tríada –tirano / víctima / testigo– que invariablemente atenta contra la dignidad humana, porque trastoca otras formas posibles de convivencia, regidas por la ética. O acaso, ¿no es mayor el valor intrínseco de los seres humanos, que el hambre de poder y la confirmación de éste, por parte de algunos?
Lo cierto, es que ninguna persona, en cualquier circunstancia en que se halle, tiene por qué contribuir a perpetuar el abuso, sirviendo permanentemente para la confirmación de la fuerza de sujetos mezquinos, dentro de una organización. Quizá será suficiente que la víctima se niegue a serlo, el testigo renuncie a su pasividad hacia la humillación ajena y, con esto, el tirano aprenda que también la sabiduría popular ha recogido en sus sentencias, lo que sucede cuando el hartazgo y la defensa de sí, prevalecen sobre el repliegue de uno mismo.
Algún día las víctimas decidirán no serlo más. Los testigos actuarán con mayor integridad y menos indiferencia. Y no será solamente una voz la que, sumisamente, sea escuchada por los otros. Entonces, se confirmará que también –como Hobbes–, las abuelas debieron ser filósofas y politólogas porque a todos, de niños, ellas enseñaron que, contrarrestando a las perversas marañas de poder instituidas en cualquier organización –incluidas las escuelas donde usted y yo trabajamos–, “el valiente vive hasta que el cobarde quiere”.
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