sábado, 19 de mayo de 2012

Vida hiperviolenta, ¿vida de ficción?

Hermes Castañeda Caudana
En Juegos de ingenio, John Katzenbach dibuja un futuro de ficción donde impera la violencia en casi toda Norteamérica, y en uno de los capítulos iniciales de este estupendo thriller psicológico, describe cómo en los salones donde se imparten las cátedras universitarias, se han colocado dispositivos que permiten alertar en caso de penetración de armas a las aulas de clase; el ambiente que se vive en los campus es totalmente hostil y la seguridad, por tanto, requiere ser extrema, a tal grado que toda persona que se precie de cuidar su integridad física, necesita portar un arma que asegure su defensa frente a cualquier posible atacante, incluidos los estudiantes universitarios, a quienes además se precisa otorgar las notas que demanden, a fin de que los profesores no resulten agredidos o incluso asesinados por éstos… el panorama es ensombrecedor… ¡pero qué alivio! ¡Sólo se trata de una novela! ¿Únicamente se trata de una obra de ficción? En fechas recientes, al celebrarse un evento académico en la Tierra Caliente, uno de los ponentes, docente de educación primaria que labora en cierta localidad de esa región de nuestro estado, explicaba la encrucijada en que se ha encontrado, al hallar armas en las mochilas de sus estudiantes, pequeños a quienes las circunstancias que se viven en diferentes lugares de Guerrero, así como de otras entidades federativas, han terminado por arrebatar la inocencia y el mero interés por los juegos infantiles o las ocupaciones propias de su edad, que se ve eclipsado por los ejemplos de familiares o conocidos, que sin haber obtenido grados universitarios consiguen bienestar material por medios ilícitos, ello, da lugar a respuestas como las que expresan estudiantes de una primaria rural de la región norte de nuestra entidad, quienes al ser interrogados sobre la ocupación a que les gustaría dedicarse al ser mayores, responden: “quiero ser secuestrador… o narcotraficante”, aspiraciones, cultivadas en un ambiente donde la hiperviolencia, o violencia extrema, se ha convertido en un asunto habitual en nuestra sociedad, y donde las profundas desigualdades socioeconómicas imperantes ponen en riesgo a muchas personas, de priorizar el beneficio para sí y los suyos, del modo que sea. Qué terrible…qué desesperanza. Frente a ello, se dice que por medio de una mejor educación, que promueva cada vez más la práctica de valores entre los educandos, podrá conseguirse paliar este problema, se afirma que los maestros podemos ser actores fundamentales en esta reorientación necesaria de sueños y ambiciones en los niños y niñas, se asume que ello puede lograrse sólo con educación. Sin embargo, en México, el país de la desigualdad, las brechas socioeconómicas se agravan cada vez más, pese a que se insista en mostrarnos en la televisión a niños y jóvenes de comunidades marginadas que obtienen primeros lugares nacionales en exámenes de conocimientos, como si la vida fuera una prueba escrita, como si el hambre se calmara al ser mencionados por López Dóriga… Es cierto, hace falta educación para resolver las causas de la violencia, pero éste no puede ser un asunto exclusivo de la escuela y los profesores, necesitamos dejar de ver telenovelas, de interesarnos por las vidas intrascendentes de pseudoartistas, de escuchar canciones que nada dicen, de mantener cerrados los libros y callada la voz frente a opiniones necias de políticos, conductores de programas basura o líderes religiosos… La certeza de concebirnos pensantes, inteligentes y cuerdos en medio de tanta locura, es decir, de concebir a la educación como un derecho por el que hay que luchar dentro y fuera de la escuela, puede ayudarnos… a dejar de temer, de temblar, de padecer…

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