En Juegos de ingenio, John Katzenbach dibuja un
futuro de ficción donde impera la violencia en casi toda Norteamérica, y en uno
de los capítulos iniciales de este estupendo thriller psicológico, describe
cómo en los salones donde se imparten las cátedras universitarias, se han
colocado dispositivos que permiten alertar en caso de penetración de armas a
las aulas de clase; el ambiente que se vive en los campus es totalmente hostil
y la seguridad, por tanto, requiere ser extrema, a tal grado que toda persona
que se precie de cuidar su integridad física, necesita portar un arma que
asegure su defensa frente a cualquier posible atacante, incluidos los
estudiantes universitarios, a quienes además se precisa otorgar las notas que
demanden, a fin de que los profesores no resulten agredidos o incluso
asesinados por éstos… el panorama es ensombrecedor… ¡pero qué alivio! ¡Sólo se
trata de una novela! ¿Únicamente se trata de una obra de ficción? En fechas
recientes, al celebrarse un evento académico en la Tierra Caliente, uno de los
ponentes, docente de educación primaria que labora en cierta localidad de esa
región de nuestro estado, explicaba la encrucijada en que se ha encontrado, al hallar
armas en las mochilas de sus estudiantes, pequeños a quienes las circunstancias
que se viven en diferentes lugares de Guerrero, así como de otras entidades
federativas, han terminado por arrebatar la inocencia y el mero interés por los
juegos infantiles o las ocupaciones propias de su edad, que se ve eclipsado por
los ejemplos de familiares o conocidos, que sin haber obtenido grados
universitarios consiguen bienestar material por medios ilícitos, ello, da lugar
a respuestas como las que expresan estudiantes de una primaria rural de la
región norte de nuestra entidad, quienes al ser interrogados sobre la ocupación
a que les gustaría dedicarse al ser mayores, responden: “quiero ser
secuestrador… o narcotraficante”, aspiraciones, cultivadas en un ambiente donde
la hiperviolencia, o violencia extrema, se ha convertido en un asunto habitual
en nuestra sociedad, y donde las profundas desigualdades socioeconómicas
imperantes ponen en riesgo a muchas personas, de priorizar el beneficio para sí
y los suyos, del modo que sea. Qué terrible…qué desesperanza. Frente a ello, se
dice que por medio de una mejor educación, que promueva cada vez más la
práctica de valores entre los educandos, podrá conseguirse paliar este
problema, se afirma que los maestros podemos ser actores fundamentales en esta
reorientación necesaria de sueños y ambiciones en los niños y niñas, se asume
que ello puede lograrse sólo con educación. Sin embargo, en México, el país de
la desigualdad, las brechas socioeconómicas se agravan cada vez más, pese a que
se insista en mostrarnos en la televisión a niños y jóvenes de comunidades
marginadas que obtienen primeros lugares nacionales en exámenes de
conocimientos, como si la vida fuera una prueba escrita, como si el hambre se
calmara al ser mencionados por López Dóriga… Es cierto, hace falta educación
para resolver las causas de la violencia, pero éste no puede ser un asunto
exclusivo de la escuela y los profesores, necesitamos dejar de ver telenovelas,
de interesarnos por las vidas intrascendentes de pseudoartistas, de escuchar
canciones que nada dicen, de mantener cerrados los libros y callada la voz
frente a opiniones necias de políticos, conductores de programas basura o
líderes religiosos… La certeza de concebirnos pensantes, inteligentes y cuerdos
en medio de tanta locura, es decir, de concebir a la educación como un derecho
por el que hay que luchar dentro y fuera de la escuela, puede ayudarnos… a
dejar de temer, de temblar, de padecer…
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